lundi 16 novembre 2015

LO QUE USTED NO ESCUCHARÁ SOBRE LA MATANZA DE PARÍS







Usted durante estos días escuchará en cada programa de televisión y en cada intervención política la misma retahíla discursiva sobre la matanza de París, que si la libertad, que si la tolerancia, que si el fanatismo, que si los derechos humanos, que si los supremos valores occidentales, que si la barbarie, que somos el mejor de los mundos posibles, creadores de dulces y bellas princesas perfumadas y no de monstruos sangrientos y, sobre todo, usted escuchará que ellos no son de los nuestros. Usted estos días, por el contrario, no escuchará ni una sola vez que nuestra libertad es una ficción bien contada, que nuestra tolerancia es selectiva en función del racismo de nuestras comuniones de grupo, que la carta de derechos humanos tiene el mismo uso que el papel higiénico de los retretes de la ONU, que el mismo fanatismo asesino habita dentro de los muros de Wall Street, que la barbarie es recíproca, que no somos el mejor de los mundos posibles, que nuestras dulces princesas occidentales apestan, que también creamos monstruos, y que algunos de esos monstruos perpetraron la matanza parisina, sí, aunque cueste aceptarlo, algunos de esos muchachos eran de los nuestros, algunos de esos monstruos eran de los nuestros, los engendramos nosotros como a Eric Harris y Dylan Klebold, o como a Unabomber. Usted estos días escuchará también hasta en la sopa que han declarado la guerra a Occidente, que venceremos, que somos mejores, la dialéctica churchilliana de sangre, sudor y lágrimas, que la libertad está otra vez en peligro como en la llanura de Marathon frente al enemigo totalitario y bárbaro venido desde ese gran desierto semítico productor a escala industrial de sátrapas y religiones monoteístas como proyección moral de esos mismos sátrapas. Pero estos días, usted no escuchará, sin embargo, ni una sola vez que Occidente, vía la moral judeocristiana, no es más que otra extensión moral de ese mismo desierto semítico, porque aunque posean mejores estilismos y modales más diplomáticos sufrimos los mismos tipos de sátrapas despóticos y la misma represora base moral del pecado y el castigo vertebrando la intimidad de nuestras sociedades. Estos días no sentirá demasiado tampoco que nosotros, por intereses geopolíticos y energéticos, ya habíamos declarado de forma unilateral desde hacía décadas la guerra al mundo musulmán en Irak, en Afganistán, en Libia, en Siria, en todos los lugares donde brote un poco de petróleo y se necesite mover piezas tácticas en el tablero geopolítico mundial. Usted no escuchará tampoco que en estas pasadas décadas de nefasta ruptura del principio político de no injerencia internacional en asuntos internos, sustituido por el hipócrita y flexible “principio de injerencia humanitaria”, hemos intervenido interesadamente en Irak pero no contra el genocidio bosnio, nos hemos movilizado en Afganistán pero no contra el genocidio palestino, hemos actuado en Libia pero no contra el brutal genocidio ruandés. Usted no escuchará mencionar estos días ni una sola vez el refrán, de aquellos polvos vienen estos lodos. Usted no escuchará mencionar tampoco en ningún momento que a toda acción violenta suele corresponder otra reacción violenta. Usted no escuchará tampoco ni una puta palabra sobre los muchos “Bataclan” que ha habido en el mundo musulmán durante estás décadas disfrazados de “daños colaterales”, usted no escuchará ni una puta palabra sobre esos hombres, mujeres y niños asesinados tan a sangre fría como esos pobres parisinos, usted de esos “inocentes parisinos” no escuchará nunca ni una puta palabra porque sencillamente no son de los nuestros, y no dan para la lucrativa explotación emocional del televidente occidental. Usted llorará por cada uno de esos individualizados melodramas de sueños truncados y miradas inocentes, repetidas en bucle como si fuesen parte de un álbum familiar. Usted, por supuesto, llorará mucho estos días y maldecirá muchas veces sus nombres de bárbaros criminales, y odiará sus rostros abominables. Pero usted no pensará ni un sólo momento, porque nadie se lo contara, que de su lado también ha habido lágrimas tan saladas como las suyas, que sus mujeres y sus niños asesinados eran tan inocentes y adorables como los nuestros. Pero las vidas de esos niños y esas madres asesinadas nunca saldrán noveladas en televisión, porque sus vidas no interesan tanto explicarlas como una madre de Neuilly-sur-Seine o de la soleada California, porque en el fondo no son de los nuestros, y sus vidas en cierto sentido no son tan sagradas como las nuestras, puesto que las suyas pueden ser excusadas con habilidad retórica como “daños colaterales” o como “fallos humanos” al final de una larga y profunda investigación como el caso de José Couso. La pérfida narrativa occidental en la que diez mil muertos son una estadística y un muerto es una tragedia, la balanza ideológica en la que hay muertos que van para el lado de la fría suma estadística y hay otros muertos que son una tragedia. Usted escuchará estos días sin cesar que ellos son unos bárbaros, horrendos degolladores, esclavizadores de mujeres, secuestradores de la inocencia de niños, dinamitadores de excelsas ruinas arquitectónicas. Pero usted, en cambio, no escuchará nada de la barbarie de matar a negros a sangre fría en plena calle, de desahuciar de su hogar a una pobre anciana indefensa, de aleccionar a inocentes adolescentes en la capacitadora psicopatía para el noble arte de la guerra en ilustres academias militares. Usted no escuchará ni una jodida palabra tampoco de la barbarie de nuestro machismo institucionalizado degradador a un plano secundario de todas las mujeres occidentales, de la barbarie de destruir algo peor que patrimonios arquitectónicos, de la barbarie de aniquilar el mayor patrimonio de todos, nuestro planeta. Usted, posiblemente, de toda esa barbarie no llegará a escuchar ni una sola jodida palabra estos días, ni ningún otro día. Usted escuchará como un disco rayado por contra que la verdad de la civilización está de nuestro lado, que somos los garantes de la evolución de la humanidad, usted escuchará mencionar mucho también estos días la revolucionaria trinidad francesa de libertad, fraternidad e igualdad, la escuchará con ese tono particular con el que siempre sonaba Sinatra, convincente y seductor, como consignas ilustres del mundo occidental desde Camberra hasta la última punta congelada de Alaska. Sin embargo, usted verá que nadie le hará notar al interlocutor que de la sagrada trinidad francesa sólo queda la melodía, que Francia es un cadáver putrefacto, una apariencia de la civilización que pudo ser, un andamiaje carcomido por su "burguesía Ancien Régime", la globalización anglosajona y el chauvinismo del hombre común, una imagen idealizada mercantilizada ya sólo como objeto de consumo en tiendas de souvenirs del barrio latino o vendida barata por inmigrantes manteros en Les Halles o en el pont des Arts. Usted en los próximos días escuchará cada uno de los testimonios posibles debidamente editados en modo show, la capitalización del dolor con la eficiencia con la que sólo una sociedad capitalista puede actuar, aprovechando hasta la última migaja productora de algún tipo de consumo. Usted asistirá en primer plano con una soberbia ingeniería televisiva a toda la ceremonia de la tragedia, a toda la simbología natural del duelo, usted asistirá también a la solidaridad espontánea y al simulacro calculado, usted asistirá al mismo tiempo a un engolado concierto de piano versionando Imagine en frente de uno de los escenarios criminales y a la visión emotiva del dibujo improvisado de un niño. Usted asistirá así en cuestión de pocos días a un verdadero máster sociológico sobre las claves superpuestas que retratan a toda la sociedad contemporánea occidental, la simulación y la realidad. Usted tendrá también una oportunidad inmejorable estos días para discernir los automatismos con los que la maquinaria capitalista de producción iconográfica se pone en marcha a partir de cualquier posibilidad de negocio, sin importar que incluso sea del oscuro dominio de Tanatos. Usted verá ponerse en marcha toda la producción capitalista de signos y reducción simbólica mecanizable y mercantilizable con la sinfonía de fondo del humanismo y la solidaridad, camisetas, iconos, gráficos, diseños, estandartes. Usted sentirá muchas veces también durante estos días que el problema es su religión, pero sentirá pocas veces que el problema en realidad es la religión, incluida la nuestra, sobre todo, la nuestra, que obliga a una extensiva tolerancia religiosa para todas las demás. A ninguno de los centenares de contertulios escuchará usted argumentar que el gran defecto de la Revolución Francesa fue la imposibilidad de la absoluta laicización social de Occidente, porque al nuevo poder burgués, sustituto del absolutista Ancien Régime, le seguía interesando mantener el poder alienante y subyugador de la moral cristiana sobre la masa social y porque como entendió en cierto momento Robespierrre, y como también comenta Houellebecq siempre que le dejan, el “hombre común” occidental es un alma débil necesitada del rumbo de Dios, sin el cual es un hombre timorato y desvanecido, absolutamente improductivo. Usted escuchará también mucho que no es una guerra de religiones, que es una guerra entre el Bien y el Mal, pero nadie le contará que los pilotos de los cazas occidentales que bombardean en Siria e Irak en sus cabinas y colgados a sus cuellos llevan pequeños crucifijos que besan antes de iniciar cada misión. Usted sentirá también repetir una y otra vez estos días en cada tertulia que la sociedad musulmana es una problemática sociedad medieval que aún no ha efectuado la civilizada separación entre Iglesia y Estado, mientras usted al mismo tiempo asistirá con cierta sonrisa a la visión de la misa en la catedral de Notre-Dame de Paris presidida por la alcadesa de París y la plana mayor de la política francesa, y mientras a la par va recordando con un principio de náusea las imágenes de presidentes occidentales visitando sumisamente al papa en el Vaticano como en tiempos de Carlomagno, y los crucifijos en las escuelas y las capillas en las universidades y cada dos por tres ruedas de prensa presidenciales en la Casa Blanca despedidas con un profundo "God bless America". Usted escuchará muchas veces igualmente que el problema son las bases morales de su sociedad musulmana incapaz de integrarse en el tejido sociocultural occidental, pero no percibirá a nadie señalar que no pueden integrarse aquellos a quienes se ponen obstáculos y se levantan invisibles pero sólidas murallas sociales. A ningún contertulio escuchará tampoco estos días recordar las declaraciones del primer ministro Manuel Valls tras los atentados en enero del Charlie Hebdo, reconociendo que en Francia existe un intolerable "apartheid territorial, social, ethnique" en todas las banlieue francesas, principalmente contra la minoría musulmana por una discriminación generalizada practicada por una "violencia institucional" de la que es responsable el Estado y por una "violencia social" generada por la mayoría de la sociedad francesa en sus actos personales, racistas e intolerantes al extranjero, como comportamientos y atributos sociales inherentes del "chimpancé indoeuropeo" con tendencia a la territorialidad y a la xenofobia; ese ciudadano intransigente europeo que siempre convertirá todo proyecto multicultural y cosmopolita en una pantomima de hipocresía y cisnismo como la sociedad racista americana, en público defendiendo con corrección política la convivencia y la tolerancia al extranjero, pero en privado, como cuando Manuel Valls expone su plan anti-apartheid de repartir transversalmente las viviendas sociales en una política de "mixité sociale" que evite los ghettos marginales, la mayoría comenzando a preparar las maletas por si tocase la desgracia de sufrir como vecino a un puto musulmán, o incluso peor, a un sucio y asqueroso negro. Estos días tampoco escuchará a muchas voces, creadoras de opinión, aclarar que “integración” no es lo mismo que “asimilación”, y que todo ghetto social desde Sidney a Vancouver es consecuencia de la misma realidad producida por la incapacidad de convivencia real con culturas diferentes por parte de las racistas y homogéneas sociedades indoeuropeas, provocando que ante esa hostilidad y esa imposición de asimilación todas las minorías tiendan a la esquizofrénica asimilación o a buscar el confort del semejante. Aunque de todo esto usted no sentirá decir demasiado. Usted estos días sin embargo volverá a sentir en numerosas ocasiones todo el largo argumentario de demonización superficial de toda la religión musulmana, sentirá muchas veces esa culpabilización a grosso modo de toda la arquitectura social de la sociedad musulmana, pero no escuchará a nadie replicar que ojalá las bases de nuestras sociedades occidentales compartieran algunos de los fundamentos de las sociedades musulmanas. Ojalá dispusiésemos de esa misma dinámica social de ausencia de culto a una jerarquía de líderes y cúpulas dirigentes, su ausencia de Vaticanos, la aspiración de un ocio juvenil no basado en alcohol ni drogas, ojalá disfrutásemos en nuestra sociedad occidental de ese ascendente de la prohibición moral de la usura del préstamo bancario y esa igualitaria y productiva corresponsabilidad entre prestamista y cliente en el desarrollo y evolución del negocio bajo el principio mudharabah de riesgo/beneficio compartido, paradigma financiero que empieza a ser ya estudiado en algunas alternativas escuelas occidentales de economía. Toda esa dinámica social de individuos autónomos en su credo sin apriorísticas obediencias a líderes, ídolos e iconos y una sociabilidad fraternal y natural alrededor de un ideario común, esa base social en la que algún día algún teórico anarquista, intercambiando "credo musulmán" por "credo anarquista", descubrirá la potencia virtuosa de ese substrato social desde el que sería más viable la evolución hacia una sociedad anarcoindividualista libertaria de signo mutualista. Usted, en contraposición a todo esto, escuchará exaltar como una letanía memorizada todos los defectos de las sociedades musulmanas potenciadas exponencialmente por sus facciones extremistas, pero no escuchará contraargumentar a nadie que esos mismos horrores correspondieron a las fases más extremistas de nuestro moldeante cristianismo, que también nosotros tuvimos horrendas “sharias cristianas” de las que incluso aún quedan restos coleando en la actualidad como la demonización social del hereje/contestatario, la criminalización de todas esas minorías sociales por razón de su sexualidad y principalmente la supervivencia en nuestras sociedades occidentales del mismo machismo soterrado y homicida de toda cultura patriarcal exacerbada, la misma estructura de dominación machista disimulada en el lenguaje y la práctica sociopolítica, ese mismo machismo musulmán que hace que en las naciones occidentales los salarios de las mujeres sean inferiores por decreto al de los hombres, ese machismo oculto y disimulado de forma subrepticia en las costumbres sociales en forma de ese teorizado “micromachismo” que hace que todo camarero sirva equivocadamente la coca-cola a la novia y la cerveza al novio, o que hace que el marido espere a su mujer pasivamente hasta la última hora del día para que a su llegada haga la cena a toda la familia. Pero de todo eso usted no escuchará nada. A usted le explicarán con mucha persuasión en cambio que no hay riesgo cero, que fue imposible detener la matanza, que fue preparado con una metodología asesina perfecta. A usted nunca le llegará a sus oídos por esta razón que suena sumamente extraño que habiendo detenido hacía una semana a un ciudadano montenegrino en la autopista alemana con un coche lleno de armas y granadas de mano, y cuyo GPS marcaba una calle del centro de París, no se pusiese de inmediato a París en alerta cinco y se desplegase al ejército por las calles parisinas como medida de disuasión y vigilancia. A usted nadie le insinuará que quizá al gobierno alemán y al gobierno francés, como al gobierno estadounidense conocedor del plan del 11-S, no les interesó tal vez parar el plan terrorista porque éste era el shock necesario para ser intransigente en la política de acogida de los refugiados, la excusa perfecta para blindar las fronteras europeas y evitar el poder creciente de Le Pen y la Pegida. Usted escuchará en cambio que la invasión de refugiados que sufre Europa es un complot de la izquierda para aumentar decisivamente su masa de votantes, convenientemente filtrado por los medios conservadores. Usted simplemente será entretenido cada día con los eventos de solidaridad post-traumáticos y con todos los detalles biográficos de todas las víctimas, noveladas hasta en su más nimio detalle, como nuevos seriales modernos dickensianos estructurados convenientemente por capítulos televisivos, a cada cual más conmovedor, hasta que no quede ni un sólo detalle que explotar de sus existencias truncadas una noche parisina cualquiera. A usted le explicarán también en contrapunto la vida de todos esos monstruos que aparecieron en la noche parisina como ángeles negros para sumir a Occidente en un infierno pasajero de algunos días hasta que la maquinaria del tiempo y nuestra limitada empatía lo convierta todo en agrias postales de la memoria, lo cosifique todo en la simbología abstracta de un avión estrellándose contra un rascacielos o en el vídeo amateur de los encapuchados del Charlie Hebdo disparando por la calle a lo Steven Seagal como alguna secuencia familiar de alguna mala película de Hollywood. A usted le contarán como un eslogan que esos monstruos, al igual que aquellos encapuchados del Charlie Hebdo, tuvieron todas las oportunidades de éxito y desarrollo personal de las avanzadas sociedades occidentales, que tuvieron una exquisita educación republicana, que tuvieron becas, que tuvieron una administración al servicio de su felicidad y su progreso individual. Pero no escuchará ni una sola palabra del desprecio sutil o descarado que ese niño árabe sintió durante toda su vida en la escuela y en las calles, usted no escuchará ni una puta palabra del terrorismo racista cotidiano que ese niño sufrió a manos de buena parte de la sociedad francesa en el lenguaje y en las miradas, usted no escuchará ni una sola jodida palabra del sufrimiento de ese niño árabe viendo llorar a su madre de rabia porque la policía les pedía como norma la documentación criminalizándoles delante de todo el barrio simplemente por ser musulmanes. Usted no escuchará ni una sola jodida palabra estos días de cómo ese adolescente árabe era despreciado por la mayoría de las jóvenes adolescentes francesas como pretendiente porque era un ciudadano de segunda, y no era un novio que presentar en según qué arrondissements parisinos a una reunión familiar. Usted no sabrá nunca de la impotencia de ser licenciado en cualquier materia y que rechacen por norma sus currículums por tener como dirección tal o cual banlieue en ciertas empresas francesas, dejándole como única alternativa repartir pizzas o hacer hamburguesas para los hijos del propietario burgués de la empresa a quien no le interesa su licenciatura asociada a un código postal de banlieue. A usted no le explicarán nunca de manera tan detallada como las biografías de esas pobres víctimas el largo proceso en el que se incuba una rabia tal para acabar empuñando un kalashnikov contra otro ser humano. A usted no le explicarán nunca de manera tan detallada como las biografías de esas pobres víctimas el largo proceso por el cual el sistema convierte a Ibrahims, Erics y Dylans en monstruos asesinos, el largo proceso por el cual en personalidades reactivas se incuba el huevo de la serpiente en el calor de la rabia que provoca el racismo y la discriminación europea hacia el diferente, hasta que finalmente esa serpiente es encantada en el desierto o entre rejas con discursos de venganza. A usted no le explicarán nunca ni una puta palabra de todo eso, a usted no le explicarán nunca ni una jodida palabra de todo ese largo proceso de humillaciones, desprecios, acosos y arrinconamiento social que te lleva como única posibilidad al humillante ghetto social y a la marginación como única forma de supervivencia porque la sociedad es un lugar hostil. A usted todo ese proceso emocional no se lo explicarán jamás, a usted le explicarán los efectos y no las causas. A usted no le explicarán jamás la rabia de querer ser francés y no poder, porque solamente se puede ser francés de una “única” manera, uno o queda asimilado o no puede integrarse de otro modo, no hay variabilidad posible, porque el lema de Francia como sociedad plural y libre es tan irreal como una tablette en manos de un oraguntán, una pura patraña que vender por cínicos académicos en conferencias universitarias de fin de semana, porque la verdad es que Francia es una sociedad homogénea, una sociedad tribal como cualquier otra sociedad indoeuropea formada por la progresiva sedimentación sociocultural de la tradición acumulativa, una homogénea sociedad cristiana, burguesa, revolucionaria, hedonista, estéticamente ilustrada y cultural. Usted nunca llegará a conocer las razones suficientemente detalladas para entender esa rabia de no ser nada, esa violenta impotencia de ser discriminado por una sociedad cruel, esa imposibilidad de ser algo, solamente un esclavo laboral de segunda al que usar y tirar según convenga a las necesidades del sistema en todas aquellas profesiones que los franceses no desean realizar, como nuestros serviles y más pacíficos latinoamericanos, la rabia de ser un instrumento laboral postcolonial hasta que llega una voz del desierto y te convence de que puedes ser algo diferente a un despreciado y servil esclavo occidental. A usted le hablarán mucho del terror causado por estos monstruos, pero no le hablarán sin embargo del terror de una madre musulmana porque teme cada día que su hija vuelva a casa llorando porque en clase algún francés blanco la haya insultado y la haya degradado por su origen racial, de ese terror diario a usted no le explicarán ni una jodida palabra. A usted le explicarán expertos psiquiatras en largas exposiciones teóricas acerca de las hábiles estrategias de los líderes del Ejército Islámico para captar a sus soldados-kamikaze entre cierto tipo de personalidades psicopáticas para ejecutar con frialdad y método sus actos terroristas, pero a usted, sin embargo, no le explicará ningún experto el número de personalidades violentas que son seleccionadas para los cuerpos policiales de antidisturbios para que ejecuten la violencia del Estado sin ningún miramiento tanto en una manifestación estudiantil como en un desahucio de una pobre anciana. Usted, sin duda, llorará mucho estos días, pero probablemente aún podría llorar bastante más si usted escuchara algunas de las cosas que usted no escuchará jamás sobre la matanza de París. Pero quizá a usted todo eso no le importe mucho o incluso ya esté planeando el próximo fin de semana irse a Punta Cana porque por Europa las cosas andan ahora revueltas y no conviene andar jugándosela inútilmente, porque quizá usted es uno de esos hijos de puta que ayuda a mantener con su sumisión o su acción todo el monstruoso entramado occidental de neoesclavitud alienada y desarrollo depredador insostenible, uno de esos hijos de puta que siempre piensa en clave chimpancesca entre los nuestros y los suyos, uno de esos cerdos racistas que pondría también la zancadilla en una frontera a un padre indefenso con su hijo en brazos, uno de esos hijos de puta que apretarían el botón para tirar la bomba sobre Hiroshima, uno de esos bárbaros de nuestro bando de los que sonríen por dentro cuando Dieudonné hace un chiste antisemítico o cuando un negro se come un plátano esperando el autobús. Qué pena que alguna de las balas no fuese para usted en lugar de para esa pobre chica realmente inocente con la que alguna vez intercambiamos sonrisas en alguna manifestación antisistema o en algún comedor social de banlieue, esa pobre chica que sigue intentando aferrarse a la vida y que cayó intentando convencerles de su fanatismo como había hecho con nuestros propios sátrapas vestidos de Armani a la salida de alguna convención de falsos propósitos ecologistas, esa pobre chica que sí deseaba que el nuestro fuese el mejor de los mundos posibles. Esa pobre chica cuya generosidad sin límites le hubiese perdonado incluso que hubiese ido cantando frívolamente la marsellesa entre selfies y risas para pasar el tiempo, antes de que les desalojasen de un estadio donde las bombas sonaron como acaso un calculado espectáculo pirotécnico. Uno de esos hijos de puta que nunca llorará por los suyos, y solamente llorará por los nuestros. Uno de esos hijos de puta que ya está esperando impaciente los tambores de guerra y la noticia del contraataque. Pues que siga el juego hijo de puta, que siga el rumbo errático de la historia. Que gane el mejor, o el menos bárbaro.





Biel Rothaar

Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.






jeudi 5 novembre 2015

Dudas y Cuestiones (76)








En una de las recientes columnas de Sami Naïr titulada "El coraje de Ángela Merkel"
acerca de la crisis inmigratoria en Europa, éste nos llamaba a ser indulgentes con Merkel,
 alabando su supuesta ética humanista y solidaria en la recepción de refugiados
que habría llevado a la emperatriz Ángela
a enfrentarse incluso con los miembros más radicales de su partido
y a la mayoría del electorado conservador alemán.



Desde entonces,
desde aquella “primera solidaridad” merkeliana
donde Sami pretendió distinguir un asomo de humanismo—,
hemos contemplado, como continuación, la astuta estrategia diplomática con el “bárbaro” turco
contratado como babysitter y policía fronterizo remunerado,
y, finalmente, la aceptación estos días de restringir su política de acogida
bajo la presión política de la conservadora CSU, sus socios de gobierno nacionalistas bávaros,
—cuya acción política nunca se proyecta sobre el “demos” sino sobre el “ethnos”—,
decisión que Horst Seehofer, gobernador de Baviera y líder de la CSU, ha festejado con un aclarador
nosotros hemos conseguido un acuerdo en algo que todavía no ha visto la luz: 
el rechazo a una sociedad multicultural”.









¿Ha vuelto a cometer Sami Naïr
 ese típico error de valoración ética sobre los actos de aquellas personas
que perfilan su pensamiento en última instancia en variables y coyunturas de orden no humano,
en lugar de esos independientes librepensadores humanistas
cuyo centro de gravedad es la reflexión moral empática y
esa profunda esencia humanista que siguiendo la enseñanza de Daisaku Ikeda
nos dicta que “es imposible construir la felicidad propia sobre la infelicidad de los otros”?





¿Ha pensado acaso Sami Naïr
que aquella primera ilusión de “solidaridad” de Merkel
no procedía de una solidaridad real, sino de un esquema de razonamiento diferente:
que simplemente entre una voluntad de cívico humanismo,
el temor a la “bestia rubia” alemana y el temor divino como democristiana
había vencido en ella el temor a la ira de Dios,
que en realidad la emperatriz Ángela
había sido doblegada por el temor piadoso como hija de pastor protestante
antes que por un impulso ético humanista
o por el temor a recibir una cuchillada en el cuello a manos de alguna “bestia rubia”,
como en el caso de la candidata a la alcaldía de Colonia?





¿Con el paso de estos días
habrá llegado incluso a detectar Sami Naïr
en la posterior estrategia diplomática de acercamiento al “bárbaro” turco
emprendida por la emperatriz “humanista” Merkel,
la misma estrategia tribal que el emperador Octavio Augusto inició
ante los bárbaros germánicos en el levantamiento del limes del Rin
y que protegió durante siglos a la Roma imperial de la llegada de los bárbaros?





¿Habrá llegado a apreciar Sami Naïr
ese sutilísmo aroma que nos deja así la historia
como paradójica evolución
o como repetición de lo “mismo” homenajeando a Nietzsche,
en el hecho que los antiguos bárbaros germánicos
tratan ahora de repetir la misma contención imperial ante los nuevos “bárbaros” del sur
trasladando el limes desde el Rin hasta el Bósforo?





¿Sami Naïr
como otra pobre víctima ingenua
de ese engañoso espejismo de apreciación
 de algún tipo de noble virtud humanista
en esos individuos cuyo eje existencial siempre está mediatizado
por el centrifugado final de la política hobbesiana y la religión segregadora?




¿Ha olvidado ya acaso Sami Naïr
que tal como nos aleccionó Gandhi
 la paz y la solidaridad solamente será visible en el mundo
cuando el poder del amor gobierne sobre el amor por el poder?





Biel Rothaar
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.