lundi 25 avril 2016

Lumpenanarquismo



Con el mismo lustre de una de esas consignas en medio de cualquier calle se puede leer en cierto foro anarquista de Internet: “El lumpen, al parecer, no cree en nada, políticamente hablando. Parece darle igual servir a una causa fascista que a una anarquista [1]. Como el eco robusto de una de esas pintadas que siempre resisten, que siempre permanecen, que nunca se terminan de borrar con el paso del tiempo, elevadas a la categoría de esos axiomas que siempre son asistidos por el poder incontestable de la realidad, contrarrestando así cualquier posible desperfecto ocasionado por la corrosión o la retórica.

El lumpen siempre ha sido un conflictivo motivo de discusión en su definición como sujeto político. Los efectos sociopolíticos, sociológicos y lingüísticos de su naturaleza marginal han sido largamente enumerados e inventariados, pudiendo ser desentrañadas las manifestaciones de su realidad social entre el abundante caudal ensayístico post-marxista, en los frutos del trabajo de campo de las ciencias sociales modernas o incluso en el campo de la literatura nutrida de esa bohemia lumpen como en la reveladora obra de Alfonso Sastre, Lumpen, marginación y jerigonça [2], o en alguna de las obras destacadas de Néstor Sánchez. Pero sus características definitorias desde un punto de vista ingénito, excediendo el alcance de su significación etimológica como mero sujeto marginal y desclasado, pocas veces ha sido abordada a partir del análisis de su origen presocial y demasiadas veces, en cambio, abordada en exclusiva sobre las consecuencias de su problemática colisión-ensamblaje con el tejido social. Esta estrategia resulta nula para profundizar en la objetividad determinante de esa "mismidad" que lo constituye como sujeto anterior a su interacción social, incapaz de segregar esa dimensión estructural del "ser" que no fluctúa en el proceso social de todas esas materialidades agregadas por esas dinámicas “tipologías humanas” maxweberianas que se van conformando acumulativamente en la praxis de aculturación propia de cada época. Porque es, únicamente, en ese análisis desde un origen presocial, en el estudio sustancialista de esas características inmanenciales sirviéndonos del marco de conocimiento de las ciencias evolutivas y cognitivas, donde logramos que aparezcan todas las claves aclaratorias de su naturaleza en el descubrimiento de esa incapacidad de ser per se en esa tendencia de signo gregario y dependiente, las cuales en consecuencia le arrastra a ser un instrumento voluntario en manos ajenas, condenándole siempre, en definitiva, a prestarse a ser nombrado antes que a nombrarse. La condición determinante que define al lumpen se localiza por tanto en la imposibilidad de superación de esa falta connatural de autonomía que le conduce a significarse socialmente como única probabilidad vital mediante todo tipo de relaciones parasitarias y de confrontación. La base de toda su práctica social se revela por este motivo en esa impotencia para imponer su creatividad individual como agente libre al margen de valores externos heredados, en esa asociada propensión hacia formas de “nihilismo negativo” como “hombre débil” nietzscheano, en esa negación improductiva que le impulsa a oponerse y a colonizar cualquier tipo de moral porque en el fondo descree de cualquier horizonte, en esa categórica ausencia de poder autodeterminativo para desplegar su identidad al margen de las condiciones “recibidas” y los roles sociales ya en juego; un yo, en resumen, que no se impone, sino un yo precario en constante sacrificio y negación de sí mismo que para existir debe traficar su visibilidad en relación u oposición permanente con el entorno dado, el cual se convierte por ello a la postre en un “positivo” objeto de opresión individual al reforzar por un lado su vocación nihilista y el cual en paralelo se transforma también en la fuente necesaria para generar y perfilar su identidad social.

El lumpenproletariado y el lumpenanarquismo en su naturaleza igualmente mercenaria e improductiva son complementarios, se nutren del mismo perfil humano, de ese lumpen estéril e incapacitado para el desarrollo de un grado suficiente de autonomía individual que pueda emanciparle de esa inclinación parasitaria hacia toda élite social o hacia toda idealizada colectivización en la que encontrar en última instancia acomodo a su inherente gregarismo y mercenarismo moral. La fuerza revolucionaria del lumpenproletariado así como la del lumpenanarquismo es igualmente nula, productores de una semejante corriente de acontecimientos cuyo dividendo terminal es el mismo, la ineficacia operativa para provocar una realidad alternativa, convirtiéndose de facto en el mejor cómplice para el mantenimiento de la realidad presente de la que obtendrá en fórmulas parasitarias y marginales las oportunidades para “ser” en los usufructos intercambiables de la manumisión o de la oposición.

En general, esta suma de la carencia de autosuficiencia individual per se junto con ese reactivo “nihilismo negativo” que caracterizan el gregarismo y el mercenarismo moral del lumpen establecen en una vertiente sociolaboral la figura marginal del lumpenproletariado, mientras que en una vertiente revolucionaria sobre la agudización nihilista de la negación del entorno conforma en un polo adyacente la realidad lumpenanarquista. En su libro, El 18 de brumario de Luis Bonaparte, Marx describía la formación histórica del lumpemproletariado en los siguientes términos: “Bajo el pretexto de crear una sociedad de beneficencia, se organizó al lumpemproletariado de París en secciones secretas, cada una de ellas dirigida por agentes bonapartistas y un general bonapartista a la cabeza de todas. Junto a roués arruinados, con equívocos medios de vida y de equívoca procedencia, junto a vástagos degenerados y aventureros de la burguesía, vagabundos, licenciados de tropa, licenciados de presidio, huidos de galeras, timadores, carteristas, rateros, jugadores, alcahuetes, dueños de burdeles, traperos, mendigos, asesinos, en una palabra, toda esa masa informe, difusa y errante que los franceses llaman la bohème: con estos elementos, tan afines a él, formó Bonaparte la solera de la Sociedad del 10 de diciembre, «Sociedad de beneficencia» en cuanto que todos sus componentes sentían, al igual que Bonaparte, la necesidad de beneficiarse a costa de la nación trabajadora[3]. El lumpenanarquismo, por su parte, absolutamente irreductible a ese control organizativo sobre el lumpenproletariado ejercido por la élite burguesa, se estructura como un valor identitario inalienable alrededor de la discordancia con el sistema. No obstante, el sistema ha siempre administrado con perspicacia esta circunstancia, consciente de la esterilidad de su naturaleza lumpen y conocedor de que ese lumpenanarquismo nunca amenazará su hegemonía cumpliendo en toda su extensión aquella sentencia de Bakunin acerca de que la “pasión por la destrucción es al mismo tiempo una pasión creativa” [4], sabedor, en efecto, que el lumpen se autorrealizará simplemente en una inofensiva líbido destructora y en esa existencia marginal en permanente oposición al sistema. De esta forma, ajeno a la ingeniería social bonapartista activada para controlar al lumpenproletariado, el sistema ha ido tolerando y reprimiendo a la vez todos los limitados y precarios cauces de expresión lumpenanarquistas poniendo en juego como antídoto una “dialéctica de lucha” que en última instancia satisface las necesidades de todas las partes en conflicto, en un procedimiento de asimilación y control más complejo que el puesto en marcha con el dócil lumpenproletariado.

El carácter lumpen se opone de forma antitética a la idiosincrasia del individuo anarquista puesto que nunca se eleva a la categoría de radical propietario de sí [5], siendo su identidad constituida de forma condicionada y dependiente alrededor de relaciones de atracción y repulsión con el entorno social, a través del oportunismo y el ventajismo que le proporciona en cada instante las coyunturas del ecosistema social circundante y las dinámicas de lucha intergrupos delimitadas por la Teoría de la Dominancia Social de Sidanius [6], rehén de este modo del statu quo imperante y activo social del cual nunca se podrá esperar ninguna modificación sustancial de la realidad social. Esa falta de independencia e inhabilitación para ser propietario de sí le imposibilita asimismo para la implementación de ese paradigma de la amistad de “Schwarzenbach” que es invocado a partir del antiguo vocablo griego -philia (amistad), término rico en matices y que con amplitud “captura lo que ciertos tipos diferentes de relaciones positivas poseen todas en común” [7], dinámica cohesionadora que regirá las interrelaciones sociales de la "sociedad" anarca, nacida de esa empatía natural de saberse miembro de un mundo de iguales y sin enemigos que el lumpenanarquista nunca podrá disfrutar puesto que el carácter lumpen necesita forzosamente de la presencia del antagonista para reproducir las condiciones sociales requeridas para su biotipo reactivo, “cuya estimación comienza por la negación de lo otro para llegar a la afirmación de sí” [8].

Una sociedad anarca nunca podrá vertebrarse por ello sobre el carácter lumpen, sobre esa reactividad necesitada de permanentes opositores y sobre la impotencia de esos “seres débiles” imposibilitados para ser individuos libres y soberanos aptos para autogestionar su existencia, para dotarse de su propia ley, para autocrearse a sí mismos al margen de todo mandato externo y liberados de todo prejuicio, moralidad o valor de dominación heredado o interiorizado, incompetentes así para alcanzar de manera solitaria la autonomía y la afirmación individual sin la presencia estimulante de algún oponente o el soporte de “abstracciones” ideológicas bajo el imperio normativo de cualquier convicción o fórmula colectivizadora aglutinante. Un cómplice, en definitiva, de la ratificación, generación tras generación, de la validez de esa máxima marxista-hegeliana acerca de la repetición y determinismo histórico que sentencia a cualquier “hombre/mujer débil” a la inviabilidad de “hacer su propia historia” y en su defecto a ser moldeados por las “circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado” [9], forjados así por las estructuras e ideas recibidas en lugar de ser actor trascendente en la creación de nuevas estructuras e ideas (origen de la primacía de la sociología estructural-funcionalista sobre la sociología del individuo). Siguiendo las consideraciones de Castel, podría decirse que el lumpen corresponde a la variante paupérrima del “individuo por defecto”, que a pesar de su pertinente coherencia con la idiosincrasia anarquista al estar desposeído de toda propiedad no podrá jamás desarrollar una individualidad anarquista al ser incapaz de poseerse a sí mismo, de convertirse en “propietario de sí” [10]. Sin duda, por esta razón no verá nunca la luz una "sociedad" anarca, que merezca enarbolar tal distinción, en la que su tejido social no esté instituido alrededor de la potencia autónoma y creativa de “seres fuertes” anarcoindividualistas que hayan llegado a la anarquía por sí mismos a través de una revolución personal de deconstrucción del “individuo alienado” y el desarrollo como reemplazo de los valores del “individuo libertario” bajo el amparo de ese concepto nietzscheano de espíritu libre, muy cercano al del hombre superior, “pues éste está necesariamente fundado en la libertad de convicción”, liberado por este motivo de las convicciones que como decía Nietzsche son las prisiones en las que se refugia el “hombre débil”, conquistando de forma determinante esa fortaleza de estar desposeído de toda convicción para poder mirar libremente [11]. Todo lo opuesto a ello serán sucedáneos de libertad, nuevas tiranías encubiertas en diverso grado, donde la libertad y la creatividad del individuo volverán a estar sometidas bajo algún condicionante en las fauces represoras de abstractos “bienes comunes” no participados por el individuo o de ciertos coactivos intereses colectivos, revirtiendo aquella fórmula que Dumont en sus Essais sur l'individualisme [12] encontraba como la esencia revolucionaria de la modernidad: el cambio de la polaridad tradicional en la relación entre individuo y comunidad, pasando los intereses individuales a disponer de una preponderancia inédita con respecto a los intereses de la comunidad.

El lumpenanarquista no dispone de ningún temperamento libertario favorable ni ningún compromiso individual potencial con la puesta en marcha en el tiempo de los atributos de una auténtica individualidad anarca, siendo su relación con el anarquismo puramente instrumental y tangencial tal como el mercenario lumpenproletariado usa parasitariamente cada nueva élite social para conseguir sus metas personales. El lumpenanarquista se instala en esta línea, al igual que el lumpenproletariado en su relación simbiótica con la burguesía, en el grado de la transitoriedad, en la mecánica de lo provisional, en el ámbito del tacticismo, en el marco de la dependencia con el sistema en la aceptación de esa “dialéctica de lucha” que el sistema con habilidad modula y diseña como válvula de escape donde anular y controlar esa disidencia interna que provoca como residuo inevitable todo sistema de poder basado en “simbiosis asimétricas” donde unos gobiernan y otros aceptan ser gobernados sobre bases de desigualdad coercitiva. El lumpenanarquista, en tanto valor identitario singular, a diferencia de la sumisión histórica del lumpenproletariado, se diferencia de éste por la presencia de una hostil oposición al sistema, aunque en la correcta perspectiva, esta oposición se manifieste en realidad como una farsa ya que no se proyecta sobre una dinámica de superación sino sobre una dinámica reactiva, en lugar de sobre un “espíritu de cambio” se sostiene sobre un mero “espíritu de repulsión”. Esta oposición reactiva no constituye por esta razón más que otra figura del ideal ascético ambivalente que interacciona sobre lo material pero es dirigido desde el campo idealista de la abstracción, a la vez victorioso y al mismo tiempo derrotado. Una “simulación de cambio” cuyo recorrido no supera los rendimientos aparentes de ese nihilismo de reacción negativa frente al entorno que en paralelo a la afirmación de su resistencia se va adaptando a la par a una contradictoria convivencia con el opositor, puesto que necesita en último lugar de esa “realidad” para construir su propia “realidad”. El lumpeanarquista, al igual que el lumpenproletariado, nunca persiguirá en consecuencia el cambio social real, su producción de hechos históricos quedará circunscrita a esa conflictiva e interesada “convivencia” con el sistema, deviniendo paradójicamente un agente cómplice más del sustento de las bases del sistema, componiendo como el lumpenproletariado un elemento más de su orden social y de su lógica natural de sucesos.

El lumpenanarquismo se consituye de este modo como un enemigo y obstáculo interno del crecimiento social del anarquismo porque su lucha no se centrará nunca en la esfera de la autonomía del individuo, sino únicamente en una mirada hegeliana sobre las, parasitables para sus necesidades, “estructuras básicas sociales”. No será nunca exponente de su radio de acción poner en cuestión y deconstruir los pilares de la “moral sistémica” que amordaza al individuo, ni las diferencias inherentes y antitéticas “proyecciones sociales” del “individuo hobbesiano” y del “individuo libertario”, formalizando en el conjunto de esas consideraciones un nuevo campo de operaciones que explore el diferendo social de congruentes vías de “ser” y “existir” en relación con uno mismo y con el otro en el ámbito del ideario anarquista, inéditas prácticas sociales que de manera heterogénea y plural a partir de la solitaria e interdependiente creatividad y autogobierno individual diseñarán al margen de las estructuras sistémicas ya conformadas el nuevo “biotopo” anarca, las nuevas interrelaciones y “estructuras básicas sociales” en base a la nueva conciencia del “individuo libertario” que propicie “la cooperación mutualista según la forma de reciprocidad exigida por el intercambio de agentes libres e iguales” [13]. Un modelo de creación estructural que no será estático sino dinámico y que será implosivo más que explosivo en su etapa de transición, nunca en “oposición dialéctica” al viejo sistema sino en “comunión interna” dentro del nuevo sistema anarca que se irá expandiendo dentro del viejo sistema autoritario y coercitivo como un huevo de serpiente incubándose silenciosamente en nido ajeno, beneficiándose de las dinámicas de “desarrollo individual” protegidas por la propia doctrina liberal. El accionar “revolucionario” lumpenanarquista tenderá a diluirse por contra en la “dialéctica de lucha” contra las “estructuras sociales” tradicionales que son origen de su resentimiento y reactividad personal, movilizando un tipo de insurreccionalismo inservible sin ninguna hoja de ruta y que acabará fortaleciendo paradójicamente esa “dialéctica de lucha” gestionada de manera velada por las clases dominantes en las que la esencia lumpen se contentará finalmente con “significarse” entre esa corriente de “acontecimientos” obtenidos en el curso de esas relaciones antagonistas a las que le impulsa su gregarismo e impotencia individual.

La anarquía social reproducida sobre individuos de naturaleza lumpen será tan inviable como una anarquía social que pretendiese reproducirse sobre individuos de naturaleza hobbesiana, quienes no se hubieran autotransvalorado en una absoluta negación de esa moral sistémica de represión y castigo ni en la negación de todo proceso de explotación y dominación ajena adquiriendo de manera autoemancipatoria esa toma de conciencia idiosincrática de las actitudes y aptitudes del individuo anarquista (autonomía individual, libre asociación ajerárquica y rebelión ante toda coacción o dominación social propia o ajena). La anarquía del lumpen es una anarquía limitada a la fase de lucha, a la fase del odio y el resentimiento, al rendimiento de esa mecánica lacaniana del “reconocimiento social” que nos otorga el “otro”, el juego social de “la reciprocidad por necesidad y el deseo intersubjetivo” [14], presentándose en la interacción de ese “espejo social” lacaniano en cuanto esa oportunista “antípoda ideológica” que a través del recurso tribal le “institucionalice” como grupo social identificable a través de referencias comunes, discursos, indumentarias, estructuras, adhesiones musicales, etc., materializando en ese homogeneizante proceso de “tribalización anarquista” toda su esencia reactiva a modo de una uniforme Némesis del sistema modulada a la manera de una antipartícula en una “imagen inversa y negacionista” del sistema, cumpliendo esa definición clásica de lumpen como un sujeto social con un restringido universo de ambiciones. 

El lumpenanarquista ha de pasar a ser pensado por consiguiente como ese limitado antagonista a modo de caricatura superficial de la anarquía, en tanto mero reflejo de la tipologia corriente de ese “hombre común” que Deleuze identifica como protagonista de la construcción del relato de la historia en base a su carácter reactivo, ese individuo que “no habita más que el lado desolado de la tierra, que comprende solamente el devenir-reactivo que lo atraviesa y lo constituye”, razón por la cual, afirma Deleuze, la historia del ser humano es fundamentalmente “aquella del nihilismo, negación y reacción” [15]. Ese ser miserable, taciturno y reactivo, atravesado y conformado por las condiciones de la historia, está condenado por ello en cuanto destino inevitable a perecer como una estatua estática en medio del putrefacto sistema enarbolando estandartes y entonando soflamas de resentimiento sin ninguna capacidad real de alterar el statu quo, salvo cuando se vuelve funcional la “masa canettiana” en la suma crítica de reactividades como en los días de la Marcha sobre Roma de 1922 o los días de la Revolución de Noviembre de 1918, y de repente esa tromba de “nihilismo negativo” en tanto incontrolable marabunta anti-Ceaușescu o como diestra instrumentalización de una élite del mismo modo que en la revolución francesa se convierte de forma inesperada en motor de la historia. Mientras tanto, la cotidianidad de su destino común es ser sólo una ruidosa “flor en el pantano”, simplemente una “flor en el pantano” cuyo aroma intermitente entre la abstracción y la acción limitada no cambiará jamás el hedor turbio de las aguas estáticas, cuya falta de auténtico movimiento paradigmático no conseguirá modificar jamás el “cuerpo social” al no poder dar vida al vector de dinamismo transformador que supone ese tipo de individuo “propietario de sí” cuya existencia se basa siguiendo el dictado stirneriano en su “unicidad”, en la toma de consciencia revolucionaria de su “singularidad irreductible, siempre diferente de los otros y siempre reenviada hacia él mismo en su interacción social con los otros” [16].

Por otro lado, tal como el lumpenproletariado se alimenta de las dádivas y regalos de la clase dominante, el lumpenanarquismo inoperante por su carácter reactivo y debilidad individual para sustanciarse socialmente por sí mismo a través de su creatividad individual y su poder de autodeterminación, al margen de toda estructura social y del marco alienante de “ideas-fijas” stirneriana (“wheels in the head”) [17], compone también todos sus discursos, sus eslóganes, sus insignias, sus gustos y su moral particular en una catálisis interdependiente, usando igualmente como el lumpenproletariado en su propio “beneficio identitario” a la clase social dominante. En la actualidad seguimos observando muchas muestras y efectos de ese lumpenanarquismo improductivo e inoperante que es desencadenado por esa falta de creatividad y autonomía individual del carácter lumpen en el seno del anarquismo. En ese "supuesto" espectáculo revolucionario asistimos a la presencia de diferentes “individualidades” y “colectividades” autodenominadas anarquistas y proyectadas sobre esa impotencia para la afirmación individual al margen del grupo, presuntas “realidades anarquistas” que como en un baile autorecursivo existen sólo en relación con la fuente de opresión individual generadora de su resentimiento, en una suerte de imperecedera dialéctica de obligatorios oponentes como garantía de su propia existencia. En otro orden, son apreciadas también miserables instrumentalizaciones por parte de incongruentes “líderes anarquistas” de esa “masa” de lumpenanarquistas con el objeto de dar apariencia de éxito a través del “número” y no de la “realidad anarca” a supuestos proyectos anarquistas, tal como Bakunin o Marcuse no sentían ninguna contradicción en la manipulación interesada del propio lumpen a efectos del éxito revolucionario en cuanto al derrocamiento de la clase social dominante. Vemos, por ejemplo así, en este tiempo de grave crisis económica del sistema capitalista el auge de pretendidas “asociaciones anarquistas” que se nutren de individuos sin conciencia ni idiosincrasia individual libertaria, integrantes de ese carácter lumpen sin temperamento anarca, estéril y parasitario, individuos que hoy engrosan por interés personal las filas reactivas del lumpenanarquismo y mañana formarán parte otra vez de ese adocenado lumpenproletariado mediante alguna prebenda o alguna paga asistencial de ese gran monstruo administrativo creador de esclavos voluntarios que es el Sistema de Bienestar.

Cuando Nietzsche formulaba su critica del anarquismo, en realidad estaba criticando al lumpenanarquismo. Nietzsche observaba principalmente en el movimiento anarquista una “masa anarquista” de “hombres débiles” sin ninguna capacidad de transvaloración moral individual, sin ninguna capacidad crítica ni voluntad de autotransformación, sin ninguna capacidad real de creación original de nuevas realidades, sin ninguna potencia para desarrollar una individualidad autónoma al margen del entorno social, sin ninguna competencia para imponer su propia oferta y cuestionar su propia demanda al margen de cualquier amenaza de alienación exterior. Un anarquismo no de “superhombres” sino un anarquismo de “hombres débiles” solamente movidos por el resentimiento personal y el odio de clase, un “anarquismo indignado y todos los demás síntomas o mascaradas de la sensación de debilidad” [18], individuos anulados para la creación de cualquier sistema nuevo y presas propicias para todo tipo de inocuas estrategias de contraposición social donde el “hombre débil” quedará una vez más sujeto a un “gobierno exterior”, bajo el cual mediante una superflua estética del grito y la manifestación contestataria satisfará toda su voluntad de desengaño. Todo el éxtasis vital que mueve toda obra del lumpenanarquista emana de las ansias de destrucción de su fuente de resentimiento, víctima de ese proceder al que le conduce su indiferente “nihilismo negativo”, incapaz de sentir cualquier anhelo de auténtica creación y autogobierno individual. Su temperamento vital se radicaliza en la cinética destructiva del “nihilismo negativo”, siempre opuesto a la cinética creadora del “nihilismo positivo”, esa filosofía positiva de afirmación del Ser que en el último tránsito de la negación del mundo, supera a ésta, y busca la materialización de algo nuevo y catártico prescindiendo ya de toda sustancia metafísica, transmutando los viejos valores en una producción individual original de nuevos valores, siguiendo la “lógica de la diferencia” deleuzeana que contradice el principio spinoziano que dicta que “toda determinación es negación” y opuesta igualmente a la concepción dialéctica hegeliana de la negación que sugiere que la libre afirmación de la negación no es posible. De esta contradicción da testimonio el propio Badiou al señalar la extrema violencia del siglo XX como esa prueba fehaciente de la rebelión de diversos “nihilismos activos contra el colapso del manto sagrado en Occidente”, los cuales actuan en palabras de David Ohana como un “principio regenerativo” cuya creatividad singular puede ser claramente detectada en su opinión “en el arte moderno, la filosofía postmoderna y los totalitarismos políticos del pasado siglo” [19]. El lumpenanarquismo vive instalado por contra en la fase de la negación y la reacción, y se alimenta de éstas para subsistir, como una Némesis necesitada siempre de la amenaza del Éter, enraizada en una moralidad de interdependencia que nunca será nueva ni autónoma sino esclava de las propias desmesuras y vicios del sistema, activando ad eternum el juego de los oponentes, la perpetua ciclogéneis sociohistórica que se nutre del castigo y la venganza. La condición del lumpen siempre será ajena a los atributos del “hombre superior”, ajeno a esa libertad de voluntad, a esa autodeterminación “por la que un espíritu se libera de toda creencia, de todo deseo de certeza, y es arrastrado a sostenerse sobre cuerdas y posibilidades ligeras, incluso a bailar al borde del abismo” [20]. El lumpenanarquista es, en suma, un “hombre débil” disminuido en su “voluntad de poder”, mermado en esa capacidad vital de transformación, de creación de nuevos valores propios, impedido así para el ensayo de esa potencia natural de transmutación individual que como explica Michel Haar es transversal a toda fuerza y a toda energía, cualquiera que ésta sea, esa “voluntad de poder” natural que se manifiesta en el mundo orgánico a modo de pulsiones, instintos, necesidades, que se manifiesta en el mundo físico a través de deseos, motivaciones e ideas y que incluso es apreciable en el mundo inorgánico “en la medida en la que la vida no es más que un caso particular de la voluntad de poder” [21]. El lumpenanarquista afectado por la imposibilidad creativa de esa “voluntad de poder” amordazada a causa de su naturaleza pasiva, parasitaria y reactiva es en consecuencia antinatural a la anarquía social representando una “fuerza cero” vital, ese león eterno en permanente rebelión contra todo, pero incapaz de crear nuevos valores individuales que hagan su “diferencia” entre el conjunto, convirtiendo sus garras de odio en la mejor certificación de aquella sentencia nietzscheana: “hay que proteger a los fuertes contra los débiles”.

La doctrina marxista, a partir del ejemplo sociológico de la sociedad italiana de la época, había identificado enseguida al lumpemproletariado como un enemigo para la dictadura revolucionaria del proletariado, al señalar ese alto riesgo de colaboración en su desclasamiento ideológico y simbiosis parasitaria con el poder de turno, fuese de la naturaleza política que fuese, directamente fascista o de apariencia democrática. Como sentenciaba el propio Marx, “obtener dinero regalado y prestado, he aquí la perspectiva con que esperaba que las masas picasen el anzuelo. Regalar y recibir prestado: a eso se limita la ciencia financiera del lumpenproletariado” [22]. El anarquismo, en este sentido, tiene pendiente la tarea histórica de realizar la propia identificación interna de su lumpenanarquismo particular que obstruye igualmente la aparición de un camino eficiente hacia la anarquía social sustentada sobre la realidad de ese individuo libertario autónomo, ajeno a toda explotación, contrario a toda dominación propia o ajena y, fundamentalmente, creador y propietario de sí cuya actividad fomenta ese decisivo triunfo “de la acción sobre la reacción” para que finalmente “el hombre acceda a su naturaleza real de aventurero de su existencia” [23].

El anarquismo, por desgracia, secuestrado todavía de forma antinómica por la mitología colectivista decimonónica de ascendencia socialista y la preeminencia de la revolución de masas mediante un proceso de lucha de clases parece que está condenado aún durante largo tiempo a entonar como un himno aquellos versos de cierta canción de Chavela Vargas: "nada me han enseñado los años, siempre caigo en los mismos errores".




Guerau K. Blissett
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.








Bibliografía


[1] Maldito Lobo, “Lumpen: definición en el siglo XXI” [online]. Disponible en: http://www.alasbarricadas.org/forums/viewtopic.php?f=35&t=38206

[2] Alfonso Sastre, Lumpen, marginación y jerigonça. Madrid: Legasa, 1980

[3] Karl Marx, "The Eighteenth Brumaire of Louis Bonaparte” [online]. Disponible en: https://www.marxists.org/archive/marx/works/download/pdf/18th-Brumaire.pdf

[4] Jean-Christophe Angaut, « La Réaction en Allemagne », dans Bakounine jeune hégélien: La philosophie et son dehors. Lyon: ENS Éditions, 2007.

[5] Spitz, Jean-Fabien, « Le libertarisme de gauche : l'égalité sous condition de la propriété de soi. », Raisons politiques 3/2006 (nº 23) , p. 23-46. URL : www.cairn.info/revue-raisons-politiques-2006-3-page-23.htm

[6] Sidanius, J., & Pratto, F. Social dominance: An intergroup theory of social hierarchy and oppression. New York: Cambridge University Press, (1999).

[7] Sibyl A. Schwarzenbach, “Fraternity, solidarity, and civic friendship”. The Journal of Friendship Studies, vol. 3 (1), pp. 3-18, 2015.

[8] Agustín Izquierdo, Friedrich nietzsche, o el experimento de la vida. Madrid: EDAF, 2001.

[9] Karl Marx, op. cit., [en línea].

[10] Robert Castel et Claudine Haroche, Propriété privée, propriété sociale, propriété de soi. Entretien sur la construction de l'individu moderne. Paris: Fayard, 2001.

[11] Agustín Izquierdo, op. cit..

[12] Louis Dumont, Essais sur l’individualisme, Paris: Seuil, 1983.

[13] Jean-Fabien Spitz, op. cit., [en línea].

[14] A. Vergote, S. G. Lofts, & P. Moyaert, La pensée de Jacques Lacan: Questions historiques, problèmes théoriques. Louvain-la-Neuve: Editions de l'Institut supérieur de philosophie, 1994.

[15] Gilles Deleuze, Nietzsche et la philosophie, 1962, PUF, page 203

[16] Eugène Fleischmann, « Le rôle de l’individu dans la société pré-révolutionnaire : Stirner, Marx, Hegel », dans Max Stirner. Lausanne: L’Âge d’homme, 1979.

[17] Max Stirner, L'Unique et sa propriété. Paris: Éditions SLIM, 1948.

[18] Nietzsche, Friedrich, The Gay Science, ed. Williams, Bernard, Cambridge: Cambridge University Press, 2001.

[19] Roger Griffin. Terrorist's Creed: Fanatical Violence and the Human Need for Meaning. Basingstoke: Palgrave Macmillan, 2012.

[20] Friedrich Nietzsche, op. cit..

[21] Michel Haar, Nietzsche et la métaphysique. Paris: Gallimard, 1993.

[22] Karl Marx, op. cit., [en línea].

[23] Franck Dubost, L’appel à la vie comme force alternative au malaise contemporain (2ème partie). Revue du Mauss permanente, 2010.










samedi 16 avril 2016

Happy hour







Hay una hora del día
en la que los perros
aún no han meado las esquinas.
Hay una hora del día
en la que las putas 
aún no se han despertado.
Hay una hora del día 
en la que el lumpen duerme
como si fuesen ángeles.
Hay una hora del día
en la que los cajeros
se convierten en modernos lofts sin calefacción
Hay una hora del día
en la que las escuelas están vacías.
Hay una hora del día
en las que los policías juegan a las cartas.
Hay una hora del día
en la que el sol
son alegres farolas art déco.
Hay una hora del día
en la que las comas y los puntos
no tienen importancia.
Hay una hora del día
en la que los timoneles sueltan el timón
y la nave vaga sola.
Hay una hora del día
en la que los extraños saludan a los extraños.
Hay una hora del día
en la que pareciese que va a amanecer de verdad,
y los silencios más oscuros preludiasen buenas noticias.
Hay una hora del día
en la que el hombre pareciese haberse extinguido,
y una verdad diferente fuese a sustituirlo.
Hay una hora del día
en la que en la televisión 
sólo salen pitonisas optimistas y mujeres libertinas.
Hay una hora del día
en la que las cosas siempre parecen mejor de lo que son,
como en ciertos poemas de T. S. Eliot.




Guerau K. Blissett
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