vendredi 20 mai 2016

El Arte de Odiar











El amor descansa en la cúspide de la pirámide de las virtudes, ha sido alabado siglo tras siglo, y se presenta ante nosotros como el sentido de nuestra existencia. ¡Ay! el amor… promesa de un Dios, fantasmagoría de fantasmagorías, estandarte del poder espiritual, deber de los esclavos, virtud de los esclavistas, humano, demasiado humano… exorbitante es su fuerza y numerosas sus posesiones: suyos son los hijos, no serían nada sin él; suya es la familia, no sería nada sin él; suyos son los enamorados, no existirían de no ser por él… y suya es la sociedad, la humanidad, la clase, la patria y todo aquello que impida el odio entre los hombres, él es el enviado para mantener el orden, para conducir al individuo a la resignación, a la lástima hacia aquél que quiere vivir arrastrándose, al sentimiento de pertenencia a ese grupo de reptantes que en la manada disimulan su impotencia, él es responsable de que el individuo se sacrifique para beneficiar a toda clase de canalla… el amor ha engendrado la peor de las aniquilaciones: la muerte del Único. 



Contra ese amor debilitante defendemos la fortaleza del odio, defendemos la pasión creadora de odiar a todos los enemigos de la anarquía e incluso la pasión transformadora de odiarnos a nosotros mismos, todo aquello que sea obstáculo para el desarrollo en nosotros mismos y en nuestro entorno de la Anarquía. 



¡Individuo! Cuídate del amor, no te fíes de él, es la mayor de las debilidades humanas, la más deleznable de las ambiciones de propiedad, la más despreciable ilusión de completar lo incompleto en nuestro Ser, una trampa de la naturaleza para servirse del ser humano y perpetuarse autoritaria, una construcción simbólica de la sociedad para anularlo y convertirlo en pieza, en objeto, en eslabón de su maquinaria. ¡Individuo! Cree sólo en la amistad, el lazo que no ata, la comunión sin dependencia, el vínculo que no necesita más ceremonia que la presencia, suspiro de todos los transfigurados por una belleza superior. ¡Individuo! Ejercita el odio con todo aquel que no sea merecedor de tu amistad anarquista, ejercítalo sin complejos, prepárate para odiar; si pretendes Ser, debes acostumbrarte al odio, no le temas, él es un arma a tu servicio, el odio conducirá a la anarquía después de la guerra y contra los que pretenden pisarte no existe otra opción que luchar. Luchar contra todos los enemigos de la anarquía implica la voluntad de eliminación, la aniquilación de toda amenaza sea cual sea su origen, el odio mantiene activa esa lucha que persigue como objetivo la destrucción de todo aquello que entendemos como adversario, el odio es el remedio contra la desidia en la creación de nuestra Anarquía individual, el amor no sirve para esta empresa, el amor entorpece, despierta la culpa, aviva la moral, reanima el espíritu gregario y activa la empatía hacia tu agresor; el amor no sirve para destruir. 



Los enemigos del Único son numerosos, nos rodean y hasta nos habitan, odiarlos es acercarse a nuestro Yo, es desearnos de la forma más poderosa e íntima. El odio invoca en el mismo acto la “potencia de no” y la “potencia de sí”,  la destrucción y la creación. 



¡Oh! Destrucción… siempre tan temida, fiel compañera del caos, preámbulo de toda poiesis, semilla de la anarquía… ¡Oh! Destrucción… mero fin en manos de débiles y resentidos, sólo brillante supernova en manos de individuos fuertes y autónomos en cuyo polvo rehabilitado se extenderá la nueva Vida...  ¡Oh! Destrucción… porvenir de la decadencia, heroica redención del sueño, apetito de dioses, la destrucción es siempre fuente de creación, ningún mundo nuevo podrá formarse sin que este desaparezca...  ningún noble individuo podrá crecer, forjar su nuevo mundo, sin antes masticar y digerir su entorno, ninguna potencia creadora podrá desarrollarse sin destruir aquello que necesita consumir y/o lo limita; toda creación es resultado de substancias que han sido transformadas destruyendo su forma, propiedades, simbolismo… lo que sea necesario para servir a nuestra voluntad, y es ésta destrucción creadora la que da forma a nuestra unicidad; por eso la lucha que reivindicamos es aquella que va dirigida a preservar esta potencia, esta individualidad… y el odio, el sentimiento razonable hacia sus enemigos. No entendemos el odio como un sentimiento que deba ser eliminado, es la sana reacción ante una existencia agresiva e incompatible con nuestro Yo. 



El odio entendido como superación requiere de ese éxtasis propio del genio que no desfallece, resulta indiferente a todo Sol del Advenir porque crea su propia luz autónoma mediante los frutos de la explosión o de la implosión y necesita únicamente del vencimiento de ese pesimismo que funda todo nihilismo negativo: el hallazgo de un sentido.



Ante aquél que pretenda aplastar al individuo creador, al individuo fuerte, no puede esperar nada más que odio por su parte, odio que nace del orgullo, sí, el odio surge de un individuo orgulloso, que se erige firme ante su enemigo, pues ha gozado de la satisfacción de probar su potencia anteriormente y le es imposible no sentir orgullo de sí mismo, ÉL, que ha destruido lo decadente para crear algo nuevo, ÚNICO, no puede sentir más que odio hacia tal amenaza. El odio es un destello racional y útil de su potencia, para un individuo fuerte odiar a quienes le impiden desarrollar su fuerza creadora le impide someterse, recular, resignarse… ante tal agresión; cuando él odia toda concesión al odiado es una degradación a sus ojos, es una amputación a su potencia, una herida intolerable. El odio es un sentimiento positivo para él, no lo condena al ostracismo pues sirve a su causa. 



El arte de odiar es un arte destinado a gobernar en exclusiva a aquellos individuos decididos a Ser, aquellos que no se conforman con sometimientos ni soluciones intermedias, para todos estos será siempre la primera de sus ventajas, el mejor de sus secretos.






Oberyn Ryner & Biel Rothaar 
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dimanche 8 mai 2016

Karnaval (Capítulo 15/24)








Karnaval





Biel Rothaar

Karnaval









Primera edición: julio 2015
© 2015, Biel Rothaar
Cubierta: Biel Rothaar








a Rose
en cuyo interior conviven todas las mujeres que amo






La historia de los hombres no será nunca
la historia de los ángeles

Auguste Romieu
(L'Ère des Césars)








EL GRAN CARNAVAL
Anexo XV




Anoche, te parecerá extraño, pero he tenido la sensación que soñaba que caminaba recién caída la noche desde la estación de metro Château d’Eau en dirección a la Cour des Petites Écuries, llegando como muchos jueves por la noche a Le Café Tribal a cumplir esa predecible tradición de comer gratis una ración de moules et frites en la barra donde a esa hora un corrillo se distraía ya comentando una de esas noticias de última hora que cada vez soliviantan con más asiduidad la serenidad aristocrática del centro de París (al parecer un vándalo había saboteado varias esculturas del afamado conceptualista Richard Crowry expuestas en una conocida galería de arte contemporáneo de la Place des Vosgues), y a pesar de que algunos minutos más tarde todo semejaba ya retornar a las rutinas naturales, pareciéndose todo de nuevo a la normalidad familiar de muchos otros jueves por la noche, de pronto todo retomó un cariz bastante sorprendente cuando uno de aquellos hombres al iniciar la descripción del sospechoso me dio la sensación que estaba describiendo a alguien que bien podría ser hasta yo mismo, y toda esa sorpresa se transformó incluso en una suerte de amenaza y hormigueo cuando algo más tarde ese mismo hombre al acometer la descripción de la joven acompañante femenina me produjo la impresión que bien podría estar retratando a alguien que incluso podrías ser tú misma, detallando tu misma voz delicada y grave gritando al parecer al vándalo mientras ambos se alejaban sin demasiada prisa por la rue de Birague: Tu est un fou! Tu est un fou! Un fou! curiosamente, aunque seguro que habrá alguna explicación razonable para todo ello, las mismas palabras que tú misma habías pronunciado aquella tarde en la ribera de aquel canal de Amsterdam cuando derribé de un puñetazo a aquel vulgar imitador de Van Gogh, antes de arrojar todos sus lienzos al agua, y antes de alejarme también sin acelerar demasiado el paso protegido por la sombra de los árboles de la Prinsengracht, mientras detrás de mí, no dejabas de gritar como poseída, Tu est un fou! Tu est un fou! Un fou! aunque indiferente a toda aquella repentina histeria tuya de soprano ronca recuerdo que me fui distanciando también de ti atrapado por aquella seducción irresistible que causaba entonces en mí la imagen de las luces encendidas del Café George en el 84 de la Leidsegracht, y aquella tradición de tomar una buena ración de moules-frites con una buena jarra helada de Wieckse Witte tirada de barril que aquel joven pintor miembro del grupo llegado hacía poco de Brujas nos había inoculado como un ritual sin catecismos, solamente acodarse con buena disposición en algún punto despejado de la barra del Café George aguardando a que la diligencia del camarero diera inicio a la ceremonia y al mismo tiempo que se va escuchando a otros vecinos de barra esas noticias de última hora que algunos días engendran todas las ciudades saturadas por una rabia excesiva a esa concreta hora de la tarde en la que hay que elegir diariamente entre volver a la calma del hogar y mascullar nuestra rabia en solitario o rondar por las calles buscando una manera digna y memorable de acabar el día.





Biel Rothaar
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Este texto es el decimoquinto capítulo de la ópera prima Karnaval (2015).