vendredi 9 juin 2017

UNA CRÍTICA, NO UN PROGRAMA: PARA UNA CRÍTICA NO-PRIMITIVISTA DE LA CIVILIZACIÓN



Wolfi Landstreicher

traducido por Guerau K. Blissett



De este modo, el individuo anarquista que represento no tiene nada que esperar [...], ya me consideré a mí mismo anarquista y no puedo esperar la revolución colectiva para rebelarme yo mismo o esperar por el comunismo para obtener mi libertad.




Concibo el anarquismo desde el lado de la destrucción.
Esto es en lo que consiste su lógica aristocrática.
¡Destrucción! He aquí la verdadera belleza del anarquismo.
Quiero destruir todas las cosas que me esclavizan, me enervan y reprimen mis deseos,
quiero dejar a todas ellas detrás de mí como cadáveres.
Remordimiento, escrúpulos y conciencia son cosas que destruyó mi espíritu iconoclasta […]
Sí, la negación iconoclasta es la más práctica.

Renzo Novatore



En primer lugar, no hay nada intrínsecamente primitivista en lo referente a una crítica de la civilización, particularmente si esa crítica es anarquista y revolucionaria. Tales críticas han existido casi desde que ha existido consciente de sí el movimiento anarquista, e incluso no siempre vinculadas con una crítica de la tecnología o el progreso (Dejacque sentía que ciertos desarrollos tecnológicos permitirían que los seres humanos se situaran de forma más sencilla más allá de la civilización; por otra parte, Enrico Arrigoni, alias Frank Brand, observaba la civilización y la tecnología industrial como bloques que dificultan el verdadero progreso humano). La verdadera pregunta, en mi opinión, es si el primitivismo en general es de alguna ayuda para una crítica anarquista y revolucionaria de la civilización.

Armando Diluvi




El término primitivismo puede significar dos cosas bastante diferentes. En primer lugar, puede significar simplemente hacer uso de aquello que conocemos sobre sociedades “primitivas” [1] para criticar a la civilización. Esta forma de primitivismo parece relativamente inofensiva. ¿Pero es esto? Dejando aparte la crítica obvia de la dependencia de aquellos expertos llamados antropólogos para cualquier tipo de información sobre sociedades “primitivas”, hay otro problema aquí. Las sociedades actuales que llamamos “primitivas” eran y, donde todavía existen, están viviendo relaciones entre seres humanos de carne y hueso, vivas, que respiran, individuos desarrollando sus interacciones con el mundo alrededor de ellos. La capacidad de concebirlos como un modelo de comparación implica ya una cosificación de estas relaciones vividas, transformándolos en una cosa abstracta —lo “primitivo”—, una imagen idealizada de la “primitividad”. Así, el uso de este método para criticar la civilización deshumaniza y desindividualiza la auténtica gente que vive o ha vivido estas relaciones. Además, esta clase de crítica no nos ofrece ninguna verdadera herramienta para descifrar cómo luchar contra la civilización aquí y ahora. Como máximo, lo cosificado, la concepción abstracta de lo “primitivo” se convierte en modelo, un programa para una posible sociedad futura.


Esto me trae al segundo sentido de primitivismo —la idea de que las sociedades “primitivas” ofrecen un modelo para la sociedad futura—. Los partidarios de esta forma de primitivismo pueden llamarse correctamente a ellos mismos primitivistas, porque, por mucho que quieran negarlo, promueven un programa y una ideología. En esta forma, considero en verdad que el primitivismo está en conflicto con el pensamiento anárquico y su práctica. La razón puede ser encontrada en la mencionada cita de Novatore al comienzo de este texto. Simplemente sustituye “comunismo” por “primitivismo” y “revolución colectiva” con “colapso industrial” y todo debería estar bastante claro. Tal como lo veo, una de las diferencias más importantes entre marxismo y anarquismo es que éste no es esencialmente una visión escatológica de un futuro esperado, sino un modo de oponernos al mundo aquí y ahora. Así, la revolución para el anarquista también es no un proceso histórico como garantía para el futuro, sino algo para nosotros mismos para vivir y crear aquí y ahora. El primitivismo no es en este momento más habitable que el comunismo marxista. También es un programa para el futuro, y un programa que depende de contingencias que están más allá de nuestro control para su facilitación. Por esta razón, no tiene nada que ver con la práctica anarquista como tampoco lo estaba con la escatología de Marx.

He señalado ya cómo el mismo concepto de lo “primitivo” cosifica las vidas reales y las relaciones de aquellos a quien se ha dado esta etiqueta. Esto se manifiesta entre primitivistas que pretenden practicar su ideología en este momento en el modo que esta práctica acaba por ser definida. De una manera demasiado evocadora del marxismo, la vida “primitiva” es reducida a la necesidad económica, a un conjunto de competencias —hacer fuego con un arco perforador, cazar con un atlatl, conocer productos silvestres comestibles y plantas medicinales, hacer un arco, hacer refugios básicos, etc., etc.— que deben ser aprendidas con el fin de sobrevivir. Esto podría ser entonces condimentado un poco con algún concepto de la espiritualidad de la naturaleza aprendida de algún libro o tomada prestada de la basura de la new age referida quizás a un retorno a una “unidad natural”. Pero esto último no se considera necesario. El conjunto de la vida de esa población etiquetada como “primitiva” se ignora, porque es ampliamente desconocida y completamente inaccesible para aquellos que nacieron y crecieron en la civilización capitalista industrial que ahora domina el mundo —y esto nos incluye a todos nosotros que hemos sido envueltos en el desarrollo de una crítica anarquista de la civilización—. Pero aún si sólo consideraramos las meras habilidades de supervivencia, el hecho es que incluso en los Estados Unidos y Canadá, donde existen verdaderos, bastante extensos (aunque bastante dañados) espacios naturales, muy pocas personas podrían mantenerse de esta manera. Por tanto, aquellos que aprenden estas habilidades con la idea de vivir en realidad como “primitivos” en su propia vida no están pensando en la destrucción de la civilización (excepto posiblemente como una futura circunstancia inevitable para la cual creen que estarán preparados), sino que huyen de ello. No les envidiaré esto, pero no tiene nada que ver con la anarquía o una crítica de la civilización. A nivel práctico, es mucho más parecido a una forma avanzada de “jugar a los indios” como la mayor parte de nosotros aquí en EE.UU hicimos de niños, aunque, en realidad, es tomado con seriedad. Casi todas las personas que conozco que han adoptado el desarrollo de habilidades “primitivas” en nombre del “anarcoprimitivismo” muestran cómo de preparados se encuentran para tal vida por la cantidad de tiempo que gastan en ordenadores creando sitios web, participando en foros de debate de Internet, construyendo blogs, etc., etc. Con frecuencia acuden a mí como niños hiper-educados jugando juegos de rol en los bosques, más bien que como anarquistas en un proceso de descivilización.


Una crítica anarquista y revolucionaria de la civilización no comienza en base a ninguna comparación con otras sociedades o con ningún futuro ideal. Comienza de mi confrontación, de tu confrontación, con la realidad inmediata de la civilización en nuestras vidas aquí y ahora. Es el reconocimiento que la totalidad de las relaciones sociales que llamamos civilización sólo puede existir robando nuestras vidas de nosotros mismos y dividiéndolas en fragmentos que el orden dirigente puede usar en su propia reproducción. Este no es un proceso llevado a cabo de una vez y para siempre en el lejano pasado, sino que continúa de manera permanente en cada momento. Ahí es donde entra el modo anarquista de concebir la vida. En cada momento necesitamos tratar de determinar cómo retener la totalidad de nuestra propia vida para usarla contra el conjunto de la civilización. Así, como manifestó Armando Diluvi, nuestro anarquismo es esencialmente destructivo. Como tal no necesita modelos o programas incluido ése del primitivismo. Como un desaparecido anciano barbudo del anarquismo dijo, “el impulso de destruir es también un impulso creativo”. Y un impulso que puede ser puesto en práctica de forma inmediata, (otro revolucionario antiautoritario muerto, una generación o dos más tarde, llamó a la destrucción apasionada “una manera de alcanzar la alegría de inmediato”).

Habiendo dicho esto, no estoy en contra de imaginar de forma lúdica posibles mundos descivilizados. Pero para que tales imaginaciones sean realmente amenas y tengan potencial experimental, no pueden ser modelos elaborados de concepciones abstraídas de sociedades pasadas o futuras. De hecho, en mi opinión, es mejor dejar oculto el concepto mismo de “sociedad”, y pensar más bien en términos de permanente cambio, entretejiendo relaciones entre individuos únicos y voluntariosos. Ahora bien, sólo podemos jugar y experimentar ahora, donde nuestro deseo por ese aparente “imposible” se topa con la realidad que nos rodea. Si la civilización se desmantelara durante nuestra época, no nos enfrentaríamos a un mundo de llanuras y bosques frondosos y prósperos desiertos plagados de una abundancia de vida salvaje. Nos enfrentaríamos en cambio a un mundo lleno de residuos de la civilización (edificios abandonados, herramientas, chatarra, etc., etc. [2]). Las fantasías que no estén vinculadas al realismo o a una ideología moral primitivista podrían encontrar muchos modos de usar, explorar y jugar con todo esto —las posibilidades son casi infinitas—. Y lo que es más importante, esta es una posibilidad inmediata y que puede estar explícitamente relacionada con un ataque destructivo contra la civilización. Y esta urgencia es completamente esencial, porque vivo ahora, vives ahora, no a varios siglos del presente, cuando un programa forzado dirigido hacia un ideal primitivista podría ser capaz de crear un mundo en el cual este ideal podría ser expresado de manera global —si los primitivistas tuvieran su revolución ahora e hicieran cumplir su programa—. Por suerte, ningún primitivista parece dispuesto a aspirar a tales medidas revolucionarias autoritarias, prefiriendo confiar en alguna clase de transformación cuasi mística para hacer realidad su sueño (quizás como la visión de la religión de la danza fantasmal de los nativos americanos, donde el paisaje construido por los invasores europeos era supuestamente desconchado dejando un paisaje prístino y salvaje lleno de abundante vida). Por esta razón, podría ser un poco injusto denominar la visión primitivista como un programa (aunque, desde que no tengo necesidad de valores burgueses, no me importa una mierda ser injusto...). Quizás es más bien un anhelo. Cuando menciono algunas de estas cuestiones con primitivistas, a menudo replican que la visión primitivista refleja sus “deseos”. Dicho esto, tengo un concepto un tanto diferente acerca del deseo que ellos poseen. “Los deseos” basados en imágenes abstractas y cosificadas —en este caso la imagen de lo “primitivo”— son aquellos mismos fantasmas del deseo [3] que impulsan el consumo de productos. Esto se manifiesta de forma clara entre algunos primitivistas, no sólo en el consumo de libros de los diversos teóricos del primitivismo, sino en el dinero y/o tiempo de trabajo gastado en la adquisición de las llamadas habilidades “primitivas” en escuelas que se especializan en esto [4]. Pero este fantasma del deseo, este anhelo de una imagen que no tiene conexión con la realidad, no es el verdadero deseo, porque el objeto del auténtico deseo no es una imagen abstracta sobre la cual uno se enfoca —una imagen que uno puede comprar—. Es descubierto a través de la actividad y las relaciones dentro del mundo aquí y ahora. El deseo, como yo lo concibo, es en realidad el impulso para actuar, relacionarse y crear. En este sentido, su objeto sólo llega a existir en la satisfacción del deseo, en su realización.


Esto señala de nuevo la necesidad de urgencia. Y es sólo en este sentido que el deseo se convierte en el enemigo de la civilización en la cual vivimos, la civilización cuya existencia está basada en la tentativa de cosificar todas las relaciones y actividades, para transformarlas en cosas que se sitúan por encima de nosotros y nos definen, para identificarlas, institucionalizarlas y mercantilizarlas. De este modo, el deseo, como un impulso más que como un anhelo, actúa inmediatamente para atacar todo aquello que lo previene del movimiento forzoso. Descubre sus objetos en el mundo alrededor de sí, no como cosas abstractas, sino como relaciones activas. Esto es por lo que deben de atacarse las relaciones institucionalizadas que congelan la actividad en rutinas, protocolos, costumbres y hábitos —en cosas para ser hechas por encargo—. Considera esto en los términos de lo que actividades tales como okupación, expropiación, utilización del tiempo de trabajo para uno mismo, los graffiti, etc., etc. podrían significar, y cómo están relacionados con la actividad más explícitamente destructiva.


Por último, si imaginamos el desmantelamiento de la civilización, destruyéndola de manera activa y consciente, no con el propósito de instituir un programa o hacer realidad una visión específica, sino a fin de abrir y ampliar sin límite las posibilidades para darnos cuenta nosotros mismos en la exploración de nuestras propias capacidades y deseos, entonces podemos empezar a hacerlo como el modo que vivimos aquí y ahora contra el orden existente. Si, en lugar de esperar un paraíso, aprovechamos la vida, la alegría y nos preguntamos ahora, estaremos experimentando una crítica realmente anárquica de la civilización que no tiene nada que ver con ninguna imagen de lo “primitivo”, sino más bien con nuestra necesidad urgente de dejar de ser domesticados, con nuestra necesidad de ser únicos, no identidades dominadas, controladas, definidas. Entonces, encontraremos modos de sujetar todo aquello que podemos hacer propio y destruir todo aquello que intenta conquistarnos.


Wolfi Landstreicher



[1] El uso del término “primitivo” —el cual significa “primero” o “temprano”— para sociedades que han existido en tiempos modernos sin desarrollar la civilización conlleva algunas suposiciones cuestionables. ¿Cómo pueden sociedades que existen ahora ser “primeras” o “tempranas”? ¿Aparecieron ahora mismo? ¿En un mundo vivo, que está en flujo constante, han permanecido de alguna manera estáticas e inmutables? ¿Puede el desarrollo humano seguir únicamente un camino —como el desarrollo de la civilización—? ¿Además, cuál de estas sociedades es la genuina “primitiva”? No son ciertamente todas iguales, o incluso similares del todo. La homogeneidad es un rasgo de la civilización, no de estas otras realidades sociales. Así pues poner una etiqueta única sobre todos ellos es ridículo... Por tanto, decido poner la palabra “primitiva” entre comillas.

[2] Hablo aquí expresamente de un desmantelamiento consciente, revolucionario y anarquista de la civilización, y no de su colapso. Un colapso no sería un acontecimiento inmediato y de una vez por todas. En el proceso de un colapso, no encontraríamos sólo los residuos de la civilización. También haríamos frente a la escoria humana todavía viva en forma de políticos convertidos en caudillos a fin de mantener su poder, poseyendo armas muy peligrosas —las llamadas “armas de destrucción masiva”— que probablemente usarían con brutalidad. Los efectos del proceso de un colapso serían devastadores más allá de cualquier hecho que hayamos visto hasta la fecha.

[3] El poeta, William Blake, hablaba sobre ellos en The Marriage of Heaven and Hell.

[4] Estas costosas escuelas dejarán asistir a quienes carezcan de dinero a cambio de trabajo impagado, una forma de explotación indicada de manera eufemística como “work exchange” (intercambio de trabajo), un término inventado por el ala izquierdista del new ageism —y, por lo tanto, un montón de estupideces diseñadas para disimular la relación de explotación—.














mercredi 7 juin 2017

El nihilismo según Michael Jordan




Detrás del ruinoso museo de arte contemporáneo
hay una cancha de baloncesto recién reformada, 
las canastas doradas y las líneas azul metálico
se adscriben en el mejor diseño kitsch
que se ha apoderado de la ciudad. 
Cada mañana muy temprano hay veinte filipinos
jugando a algo que no es baloncesto,
no hay árbitro y todo contacto está permitido.
Alguien me vaticinó que será el nuevo deporte rey.
Las reglas dicen que se desarrollaron 
a partir de un manuscrito inédito de Schopenhauer. 
Su epílogo afirma que "el mundo alcanzará un nuevo inicio
cuando el nihilismo occidental se convierta en la religión del mundo".
Hay un grupo de jóvenes superdotados interconectados por su amor a Necháyev
que trabaja en esa misión desde hace años.
Han creado un padrenuestro nihilista que reparten en octavillas
de forma selectiva a la salida de algunos colegios
y que graban de forma masiva en las puertas de todos los baños públicos.
Escuché pronunciar sus primeras líneas una mañana al más talentoso de los filipinos
mientras volaba hacia canasta como sólo sabía volar Michael Jordan. 
Dicen que los filipinos son incapaces de comprender el kitsch
pero que dominarán el nuevo baloncesto, 
porque algunos de ellos serán los mejores apóstoles de la nueva religión nihilista. 
Muchos días juega desnudo y untado en aceite de motor quemado
para esquivar mejor los golpes. 
Alguna mañana cuando hace sol y su piel brilla bañada en sudor,
nadie conseguiría distinguirlo de cualquier dios tropical. 
Su mejor arte es el rodillazo volador en la cara
y sin dejar botar la pelota la toma de impulso sobre el cuerpo inerte. 
Hay vídeos virales en Youtube con sus mejores jugadas. 
Niños de todo el mundo tratan de imitarle 
y cuelgan sus propios vídeos reclamando un like del nuevo Michael Jordan.
Dicen que pronto lo prohibirán y se hará clandestino, 
y eso terminará por encumbrarlo como el nuevo vicio occidental.
Dicen también que ése era precisamente el plan del grupo nihilista secreto. 
Algunos aseguran que no habla filipino mientras juega
sino un lenguaje gutural que suena obsceno en aquellos que lo escuchan. 
Eso ha hecho correr la leyenda de que en verdad no es filipino sino alienígena,
y que en realidad ha venido a salvar el mundo. 





Guerau K. Blissett
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